Chinchilla de Montearagón

Cuando empecé a planear la visita a este precioso pueblo, lo primero que hice fue buscar imágenes en Google para asegurarme que cumplía todos los requisitos de un pueblo bonico. Tecleé Chinchilla, y estuve como diez minutos mirando fotos de roedores adorables (eran tan peluditos y monos). Al final, recordé cual era mi acometido, y esta vez si, puse el nombre entero: Chinchilla de Montearagón.

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Pues tenía muy buena pinta, parecía que la plaza era encantadora y su castillo pintaba muuuy bien, así que cogimos nuestras queridas Nikon, me vestí mona (ya sabéis que soy la reina del postureo viajil), y hacia la Mancha que nos fuimos.

Decidimos dejar el coche aparcado en la parte baja del municipio, justo al lado de la escultura de un Nazareno (por lo visto, todo buen pueblecito manchego que se precie tiene que tener una figura de un Nazareno, buena tiene que ser su Semana Santa…), y nos encaminamos hacia el casco antiguo. Ya, para que os hagáis una idea de lo que os espera en este pueblecito, la entrada a la plaza, se hace a través de un arco de la antigua muralla. Nada más pasar el arco, te dan la bienvenida dos grandes cañones y la escultural Iglesia de Santa María del Salvador. Fue la gran sorpresa de nuestra visita,¡qué grande y bonita! El exterior está muy bien conservado y su interior, con su imponente órgano, hace envidiar a cualquiera de las grandes catedrales españolas.

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Pero ahí no acaba la cosa, justo enfrente de la iglesia se encuentra la Torre del Reloj. Es un portal precioso, de madera e ideal para sentarse a tomar una cervecita en alguna de sus cafeterías y disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! Para ser exactos 20 Porsches… Si, no habéis leído mal. Tuvimos la suerte de coincidir con una convención de estos clásicos vehículos, y ya podéis imaginaros el caso que mi hizo mi novio el tiempo que estuvimos en la plaza…

Mientras el seguía con la boca abierta mirando los coches, yo me dediqué a observar a sus vecinos: me encantó ver la preciosa frutería, con sus cestos y flores fuera de la tienda, animándote a pasar; los abuelitos sentados en los bancos, ajenos a el revuelo armado ese día en el pueblo a causa de tan curiosa visita; la charanga,ultimando canciones antes de animar al pueblo en sus futuras fiestas patronales… Ya está, me había enamorado de nuevo de otro pueblecito encantador.

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Cuando conseguí separar a mi novio de los coches, fuimos por la calle de la Iglesia, donde justo enfrente tienen la oficina de turismo. Allí nos proporcionaron un mapa y nos explicaron el recorrido a seguir para no perdernos ninguna de sus maravillas.La subida hacia el Castillo es encantadora: antiguos palacetes (como la Casa de los Soler Núñez Robres), baños árabes, casas cueva… Está la opción de subir en coche, pero no lo hagáis, es un placer pasear por estas callecitas, la cual más bonita que la anterior, y dejaros llevar por el aroma a pueblecito encantador que desprende.

Antes de adentrarnos en el Castillo decidimos bordearlo y ¡fue todo un acierto! A sus faldas hay un barrio taaaan bonito: está lleno de casitas cuevas, cada una de un color, todas con sus nombres en la puerta, con los vecinos en sus portales saludándonos…¡Qué encantadora es la gente de la Mancha! De verdad, no olvidaros de este rinconcito, es toda una decilia.

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Ya en el imponente Castillo nos llevamos una pequeña desilusión, no se puede visitar su interior. Una pena enorme, está tan bien conservado por fuera, con su impresionante foso (de los más grandes que recuerdo haber visitado), y con un portal de aceso con cadenas, que te dan ganas de pedir la llave al alcalde y abrirlo tu mismo. Desde aquí, hago un llamamiento para que se pueda restaurar su interior, y así podamos disfrutar de este maravilloso patrimonio. De todas formas, merece muchísmo la pena la vista, te transporta a la Edad Media, ¡y da un pelín de vértigo pasar por su puente levadizo! ¡Juraría que se movió un poco y todo!

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A la bajada, nos perdimos deliberadamente en sus callecitas. Nos sentamos en una de ellas e hicimos un nuevo amiguito: un encantador gato que se sentó a nuestro lado a tomar el sol. Una vecina, pasó y se animó a conversar con nosotros. Éstos son los momentos que más me gustan de visitar pueblitos, el estar en contacto con sus vecinos y hacerles ver que son unos privilegiados por vivir en lugares tan maravillosos como Chinchilla de Montearagón.

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Pero no os voy a mentir, tenia hambre. Tanta cuesta para arriba y cuesta para abajo, había abierto mi apetito. Yo, ya había fichado un restaurante a la entrada del pueblo que tenía pinta de que ahí se comía hasta reventar: Rincón Manchego. Y así fue. Comida típica manchega, de esa que tu abuela te hace los domingos. Tienen un menú que por 10€ te toca desabrocharte el botón del pantalón a la salida. Así que, más feliz que una perdiz, decidimos dar por finalizada nuestra visita. Eso si, me he prometido volver para las fiestas del pueblo. Que si ya de normal me ha enamorado, en fiestas, ¡con peñas y charangas ni te digo! ¡Vecinos de Chinchilla, nos veremos pronto!

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Por cierto, ¡encontré mi rinconcito azul! (soy una friki total de las puertas y ventanas azules). ¡Que vivan los pueblitos bonitos!

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¡Seguid haciendo muchos kilómetros mis viajeros! Y recordar: Ser de pueblo, mola mogollón.

Web turismo de Chinchilla de Montearagón

Web turismo Castilla la Mancha

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Verdadero amor

Banyoles, 2013. Fue en ese mismo lugar donde comprendí qué era el amor.

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Allí estaban, sentados frente al lago, como si nada más en este mundo les importara. Sólo ellos dos y su nieto. El niño estaba sentado a sus pies, jugando con los patos. Tenía un trozo de pan en las manos e iba dándoles pequeñas migajas. De vez en cuando, giraba la cabeza y les sonreía a sus abuelos.

Decidí hacer un alto en el camino y sentarme a observarlos. Sus arrugadas y gastadas manos no dejaban de tocarse. Se acariciaban. Se besaban. Se amaban.

La gente seguía pasando pero nadie les miraba. ¿Cómo puede ser que nadie viera tan bonita escena? ¿Nadie se había fijado cómo sus miradas se entrecruzaban y se besaban sin ni siquiera tocarse? Hemos dejado de creer en el amor, pero no el tipo de amor que nos venden en las películas, si no el verdadero. Ése que se demuestra día tras día, semana tras semana, año tras año. El amor de los pequeños detalles: una sonrisa al despertar, un beso al volver a casa, una caricia al acostarse…

Y yo, a kilómetros de casa, comprendí qué era el amor. Me habían hecho falta muchos viajes a mis espaldas, muchas aventuras, muchas fotografías. Pero allí estaba, ante mis ojos. Fue un bonito golpe del destino que lo descubriera viajando. O igual no, al fin de cuentas el viajar es una de las mayores muestras de amor existentes. En cada viaje aprendes a amar de una forma diferente, cada kilómetro te enseña a querer cada rincón y cada persona de este planeta. Viajar nos abre la mente y el corazón. Así que era mi destino encontrar el verdadero amor viajando.

Les di las gracias desde la lejanía, y, como si lo supieran, la mujer se apoyó en el hombro del marido y sonrió (se que lo hizo,no me hacía falta verlo). Los miré una vez mas, tomé la fotografía y me fui. Quería guardar este recuerdo para siempre, que nunca se borrara de mi memoria. Ahora esta historia, la historia de dos desconocidos que cambiaron mi mundo, también es la vuestra. Cuidarla.

 

PD: Esta historia va para ti, se que serás el primero en leerla. ¡Qué suerte la mía!

Cehegín

Fíjense que yo, siendo de Alicante (la mejor terreta del mon, por cierto), nunca había pisado tierras murcianas. Bueno, miento, como cualquier buen dominguero que se precie, un día mi padre nos subió al coche y nos dijo: ‘ale, nos vamos al Ikea’. Y si, el Ikea y la Nueva Condomina son muy bonicos, pero… mi instinto viajero me estaba pidiendo a gritos que me dejara de tanto domingueo y visitara las tierras murcianas como se merecen. Así que, convencí a mi amorcillo (que la verdad, lo chantajeé facilmente con un bocata y un fuet… si es así de facilón), cargamos el coche y hacia Murcia que nos fuimos.

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Tenía ya bastante ganas de visitar un pueblecito del cual siempre me habían hablado: Cehegín (que por cierto, lo mio me costó aprenderme el nombre). Así que por supuestísimo fue la primera parada de nuestra ruta. A la entrada de la población hay una vista espectacular de la silueta del pueblo: casitas de colores, campanarios, huertecitas típicas murcianas… Medio le grité emocionada a mi chico para que parara el coche, ¡esa foto no podía faltar en mi blog! Después de bajar, hacer la foto y tranquilizarme (si, tranquilizarme, y es que cuando un pueblecito veo que me va a enamorar, me empieza a entrar la histeria viajera), decidimos buscar un lugar para aparcar.

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Y en eso de aparcar, la verdad es que siempre tengo suerte. ¡Aparcamos en plena plaza del pueblo! Nada mas bajarnos del coche vimos como unos vecinos de Cehegín estaban montando como una especie de hoguera. Yo, que soy la reina de las cotillas viajeras, me acerqué a un mozo del pueblo para saber qué era lo que celebraban. Bueno pues según me contó, eran las fiestas en honor a San Sebastián (aplazadas desde el fin de semana del 20 de enero a causa del temporal de frío) y que esa misma noche encenderían la hoguera y habría música y ¡migas!. ¡Qué alegría más grande, fiesta, pueblecito encantador y comida todo en uno! ¡Mi paraíso!

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Decidimos dejarnos las migas para más tarde y empezamos nuestra visita por las calles del pueblo. Y reconozco que no esperaba la maravilla que me encontré. ¡El casco antiguo está lleno de antiguos palacetes!: la Casa de las Columnas, la Casa de las Boticarias, Palacio de los Fajardo, Palacio de la Tercia… ¡menudo patrimonio arquitectónico que tiene Cehegín! De verdad que con un mapa en la mano, es un placer poder visitar todos y cada uno de los palacetes, cada cual mas colorido y bonito que el anterior.

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Y en cuanto a monumentos religiosos Cehegín no se queda corto. Cuenta con una sinagoga y cuatro magníficas iglesias: Iglesia de la Soledad, Santo Cristo, Concepción y Santa María Magdalena. He de reconocer, que para mi la más bonita fue la de Santa María Magdalena, que se encuentra justo en la plaza del Castillo y tiene un torreón espectacular que se ve desde diferentes lugares del pueblo. Pero hubo un riconcito que se convirtió en uno de mis favoritos: La ermita de la Purísima Concepción, que, ademas de tener una plaza bien bonita, justo en sus espaldas, tiene la mejor vista de todo Cehegín. ¡Que belleza! No os olvidéis de este rinconcito ya que merece mucho la pena.

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Lo mejor es perderse en sus callecitas, ya que en cada una de ellas encontraréis algo digno de fotografiar: las diferentes puertas de la antigua muralla, las diferentes plazas, torres, casitas antiguas con un encanto especial… ¡Qué queréis que os cuente si me enamoró este pueblecito murciano!

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Volvimos a la Plaza del Castillo y en ese momento me fijé en lo bonita que era. Tiene un edificio con portales, pintado de un color amarillo vibrante, que hace que no puedas apartar la vista de él. Lo acompaña un precioso jardín con la escultura de un nazareno, la Casa de las Boticarias, y al fondo la Iglesia de Santa María Magdalena.

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Decidí sentarme, tomar aire y ver como montaban la hoguera. Me encantó ver como los mayores enseñaban a los niños cómo era la mejor forma de hacerla. Por estas cosas, es por las que amo los pueblecitos… ¡Dime tu a mi si en la capital te vas a encontrar una escena tan entrañable como esta! Eso si, los abuelitos sentados en el banco mirando y opinando que en su tiempo la hoguera era mejor, no podían faltar.

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Estaba yo tan abosorta y enamorada del pueblecito que no me di cuenta de que ya iba siendo hora de darle comida al cuerpo. ¡Y volvimos a tener la mejor suerte del mundo! ¡Celebraban el fin de semana de la tapa! De verdad, ¡qué maravillosa es la provincia de Murcia! Nos pusimos hasta las trancas de tapas murcianas, me tuve que desabrochar el cinturón y todo (luego me quejo de que la dieta no funciona…). Y así, más feliz que una perdíz, decidimos dar por finalizada la visita a esta población taaaan encantadora. Eso sí, antes de irnos tenía una misión pendiente: y es que, soy una friki total de las puertas azules y paredes blancas (si, cada uno a lo suyo con sus obsesiones). Y resulta que vi varias de ellas a lo largo de nuestro recorrido. Pues eso, foto de postureo con la preciosa puerta azul y para casa.

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Espero que después de leer este entrada, os animéis y hagáis una pequeña escapada a Cehegín, que yo no soy de enamorarme mucho, y fijaros me prometí volver tan pronto como pueda. Un saludo desde aquí a una vecina encantadora que nos hizo de guía turística improvisada, explicándonos lo maravilloso que era su pueblo, ¡qué razón tiene!.

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¡Seguid haciendo kilómetros mis viajeros!

http://www.turismocehegin.es/

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